sábado, 17 de marzo de 2012

La Paternidad del Beato Juan Pablo II y su visión de la Divina Misericordia


“Todo acabará careciendo de importancia, o de esencialidad, salvo esto: padre, hijo, amor. Y entonces, mirando las cosas más sencillas, diremos todos: ¿podríamos haberlo aprendido hace tiempo? ¿No ha estado siempre grabado en el fondo de todo lo que es?” 


Juan Pablo II


El Tríptico de Juan Pablo II a Dios Hijo, Padre y Espíritu Santo

Cuando comenzó a escribir Redemptor Hominis, Juan Pablo II no tenía en mente que su primera encíclica iba a ser la primera de un tríptico trinitario: Una reflexión en tres partes sobre el misterio de Dios como Santísima Trinidad.
El humanismo centrado en Cristo debía ser el tema conductor de su pontificado, y la meta de Redemptor Hominis, publicada el 4 de mayo de 1979, era anunciar a Jesucristo a la Iglesia y al mundo con aquella inolvidable frase: "No tengaís miedo, abrid las puestas a Cristo".
No obstante, la reflexión sobre la dignidad de la persona humana redimida por Cristo llevó de manera natural a una reflexión sobre el Dios Padre, que ha enviado a su Hijo para ser el redentor del mundo humano y esta segunda encíclica, Dives in misericordia, a su vez, lo condujo a una tercera, Dominun et vivificatem, en la que hizo profunda reflexión sobre el Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo para proseguir la obra redentora y santificadora del Cristo resucitado.

Así, la encíclica Redemptor Hominis (Redentor del Hombre) tuvo una fuerza expansiva y dio origen a dos encíclicas más:
Dives in misericordia (Rico en Misericordia), sobre Dios Padre, que fue publicada el 30 de noviembre de 1980.
Más tarde, el Beato Juan Pablo publicó la última encíclica de este triptico: Dominun et vivificatem (Señor y dador de vida), sobre Dios Espíritu Santo, publicada el 18 de mayo de 1986. 

Dives in misericordia, la encíclica de mayor intensidad teológica entre todas las de Juan Pablo, también refleja dos dimensiones personales de su vida espiritual: Su devoción a la Divina Misericordia y su vocación paternal.


La devoción a la Divina Misericordia 


Cracovia era el centro de la devoción a la “divina misericordia” promovida por la hermana Faustina Kowalska, quien fuera una mística polaca que murió en 1938, a la edad de treinta y tres años.

La hermana Faustina tuvo una serie de experiencias místicas, creía firmemente en haber sido llamada a renovar la devoción católica a la misericordia de Dios que, a su vez, llevaría a una renovación general de la vida espiritual católica.

Entre los elementos de la devoción a la misericordia divina figuraba la celebración del primer domingo después de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia, el "rosario de la Divina Misericordia" (una oración que pide la misericordia de Dios para la Iglesia y el mundo) y una hora santa en memoria de la muerte de Cristo, durante la cual se rezan las estaciones de la cruz o se celebra la adoración de la Eucaristía.

El Icono de la devoción es la imagen del Jesús Misericordioso, una pintura de Cristo con túnica blanca y dos rayos saliéndole del pecho, en representación de la visión que había tenido la hermana Faustina el 22 de febrero de 1931. 

La hermana Faustina recogió sus experiencias místicas en un diario espiritual que cubre los cuatro años anteriores a su muerte. Al extenderse la devoción a la Divina Misericordia, y plantearse el tema de la posible canonización de su fundadora, el diario de la hermana Faustina fue sometido a un primer análisis por el padre Ignacy Rózycki, antiguo profesor de Karol Wojtyla, residente, como él, en la calle Kanonicza y director de su tesis sobre Max Scheler.

En su etapa de arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla defendió a la hermana Faustina contra las dudas surgidas en Roma sobre su ortodoxia (debidas en su mayoría a una traducción defectuosa de su diario al italiano), y promovió la causa de su beatificación. 

Cuando empezó Dives in Misericordia, Karol Wojtyla ya elegido como Juan Pablo II, declaraba sentirse espiritualmente “muy próximo” a la hermana Faustina y llevaba “pensando en ella mucho tiempo”. 

El sentimiento de afinidad espiritual se intensificó por obra del segundo elemento personal que influyó en la redacción de Dives in Misericordia.


La Vocación Paternal de Karol Wojtyla


Juan Pablo II también llevaba mucho tiempo pensando en la paternidad. La convivencia con su padre y con el inquebrantable príncipe-cardenal Adam Sapieha le había dado una profunda experiencia de la paternidad, tanto de la familiar como de la espiritual.

Tenía a su sacerdocio por una forma de paternidad. Cuando ahondó en sus intuiciones sobre ella, Karol Wojtyla hizo una dramática afirmación en su ensayo poético Reflexiones sobre la paternidad: “Todo acabará careciendo de importancia, o de esencialidad, salvo esto: padre, hijo, amor. Y entonces, mirando las cosas más sencillas, diremos todos: ¿podríamos haberlo aprendido hace tiempo? ¿No ha estado siempre grabado en el fondo de todo lo que es?” 

Agregaba el entonces Papa: “En el fondo de todo lo que ES”, se encuentra la paternidad, no los electrones, los protones, los neutrones y demás componentes del átomo. Ahondando en su intuición de poeta a través de Dives in Misericordia, Juan Pablo II accedió a nuevas dimensiones de los textos bíblicos clásicos. 

Los temas de la Biblia hebrea enriquecieron las reflexiones de Juan Pablo sobre el hecho de que Jesús hubiera predicado un Evangelio de misericordia. Su convicción de que el cristianismo sólo podía entenderse a través del judaísmo y su papel excepcional en la historia de la salvación era cada vez más firme.

Sostiene el texto del Beato Juan Pablo II que, si bien el amor misericordioso de Dios empieza “en el propio misterio de la creación”, la experiencia del pueblo de Israel revela que “la misericordia se manifestaba como un cualidad especial del amor”, lo bastante fuerte como para insistir con el hombre no obstante su inclinación “al pecado y la infidelidad”. 

A pesar de que a lo largo de la Biblia hebrea Dios aparezca como un Dios de justicia, también se nos revela que “el amor es mayor que la justicia: Mayor en el sentido de que el amor de Dios es básico y fundamental”. 

Para los cristianos, el mensaje se completa con el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, el icono más revelador de la misericordia del Padre. 

La misericordia, pues, no sólo se revela como más fuerte que el pecado, sino más fuerte que la mismísima muerte.


Para el Beato Juan Pablo II, la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 14-32) es una síntesis de la teología bíblica de la misericordia y demuestra que la revelación de un verdadero humanismo desemboca inevitablemente en la cuestión de Dios. 

En el análisis que hace el Beato Juan Pablo de esta parábola, una de las más conmovedoras del Nuevo Testamento, el hijo pródigo encarna al hombre corriente, abrumado por la tragedia de la condición humana que se ha perdido. Siendo fiel a su paternidad y yendo más allá de la norma estricta de la justicia, el padre clemente devuelve al hijo descarriado la verdad sobre sí mismo, es decir, la dignidad de su condición de hijo. La auténtica misericordia no debilita ni humilla a quien la recibe, sino que confirma al hombre arrepentido en toda su dignidad. 

La misericordia también posee una dimensión colectiva o social. En este sentido, afirma Juan Pablo II que la impotencia o alienación que suele sentir la humanidad delante del progreso tecnológico, es una prueba manifiesta de la Verdad de la que dan testimonio la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento.

“La justicia en sí no basta, mientras a ese poder más profundo que es el amor no se le permita conformar la vida humana en sus múltiples dimensiones”. 

Una de las maneras de superar la “inquietud” moderna es construir sociedades donde la justicia esté abierta al amor y la misericordia, genuina plenitud de las aspiraciones humanas. Dives in Misericordia mereció una atención periodística mucho menor que Redemptor Hominis, que fue una "noticia" más que una encíclica de contenido programático y novedoso.


Entre las encíclicas del Beato Juan Pablo II, Dives in misericordia es la expresión más transparente de su alma pastoral y el más claro indicativo del proceso de formación de ese alma a través de la experiencia de Karol Wojtyla y su concepto de la paternidad.

viernes, 19 de agosto de 2011

UNA CARTA QUE LO DICE TODO

Ayer se inauguraron las 26ta. Jornadas Mundial de la Juventud. Que mejor oportunidad que esta para iniciar este blog dedicado a la vida y al magisterio de Juan Pablo II.

Solo para ubicarnos temporalmente, digamos que las primeras jornadas fueron celebradas en Roma en el año 1985 y las segundas, que fueron las primeras con carácter internacional, se realizaron en la Ciudad de Buenos Aires en 1987.

Cuando el Papa Juan Pablo II impulsó en 1985 la realización de las primeras jornadas en Roma quedé vivamente impresionado por las razones que pronto les contaré. Pero cuando me enteré que Juan Pablo II había decidido realizar las segundas Jornadas Mundial de la Juventud en la Ciudad de Buenos Aires quedé "asombrado". Me pregunté si el querido Papa había decidido convocar a los jóvenes de todo el mundo en la Ciudad de Buenos Aires porque había leído aquella "extraña carta" que un joven argentino le había escrito cinco años atrás de su puño y letra.

El 12 de junio de 1982, Juan Pablo II viajó a la Argentina, directamente desde Londres, para solidarizarse con el pueblo argentino ante el conflicto bélico del Atlántico Sur. El viaje al Reino Unido había sido largamente planificado y era la primera vez que un Papa visitaba ese país, desde que Enrique VIII había decidido "fundar" la Iglesia Anglicana para legitimar su matrimonio con Ana Bolena. El viaje del Papa a la Argentina fue todo un testimonio hacia el pueblo argentino y, en modo alguno, un acto de apoyo a las autoridades militares que gobernaban el país. A Juan Pablo II no le gustaban las dictaduras, ni de izquierda ni de derecha, ...pero este es un tema para tratar en otra oportunidad.

Lo cierto fue que, ante la inesperada noticia de que el Papa venía a Buenos Aires, yo me encontraba bastante entusiasmado y hasta excitado con esa buena nueva.

Así, el 6 de junio de 1982 me fui a dormir, muy preocupado por los soldados argentinos y del Reino Unido que estaban muriendo en el helado sur de nuestra tierra. Para entonces se percibía que las operaciones bélicas no eran favorables para la Argentina, no obstante el esfuerzo de la Junta Militar para ocultar la realidad a la Nación.

En la madrugada del nuevo día, 7 de junio de 1982, me desperté exaltado a las tres de la mañana debido a un sueño muy extraño. Tomé lápiz y papel y sin levantarme de la cama me puse a escribir con mano fluida y decidida una carta al Papa Juan Pablo II. No se que habrá sido de ese papel en el que volqué mi impronta durante dos horas, si recuerdo que terminé de escribir a las cinco de la mañana y, muy cansado, me volví a dormir con una sensación de mucha paz.

Cuando desperté eran las nueve y media. Lo primero que hice fue mirar hacia la mesa de luz para constatar que la carta al Papa estaba allí y que no se trataba de un sueño dentro de otro sueño. La leí por primera vez y entonces, allí, en mi cama, tuve la sensación que esa carta no la había escrito yo y que no se trataba de un borrador sino de un escrito que debía pasar en limpio ya que en ese papel y con esa letra desalineada no podía ser presentada al destinatario.

Sin desayunar salí a comprar un papel carta de 120 gramos, el sobre pertinente y un sobre de papel manila de 30 cm. x 60 cm., para colocar el presente que tenía pensado hacerle al Papa: Dos hermosas fotografías de un esquiador descendiendo en nieve polvo, que había hecho ampliar para enmarcar. Adjunté a las fotos una esquela en la que le decía al Papa que le hacía ese regalo porque sabía cuánto le gustaba esquiar y cuánto disfrutaba de la montaña, ...lo que nunca le dije a Juan Pablo II fue que el esquiador era yo.

Pasé todo el día 7 de junio escribiendo prolijamente la carta, preparando el gran sobre de papel manila con las fotos y, una vez terminada de escribir, leyendo y releyendo la carta hasta las seis de la tarde. Así, dejé todo preparado para llevarla al día siguiente a la Nunciatura Apostólica y entregarla al primero que me quisiese recibir el presente.

Gracias a Dios, decidí sacar una fotocopia para quedarme con un duplicado de la nota ya que en aquel tiempo no había PC ni archivos de documentos y los manuscritos no se hacían por duplicado y, mucho menos con papel carbónico. Hoy, la tecnología, permite que esas viejas y arrugadas fotocopias hayan podido ser digitalizadas en un archivo .pdf, subidas al éter y, así, poder compartir con todos una carta que, para mí, lo dice todo en relación con las mociones que Juan Pablo II provocaba con todos, mas especialmente con los jóvenes:

Carta a Juan Pablo II


Siempre me he preguntado, y siempre me preguntaré, si esta carta de un joven argentino, que podría haber quedado sin firmar, fue leída por el querido Juan Pablo II. Incluso, llegué a pensar si esa visión del Papa, cercano y en diálogo profundo con la juventud, que yo le describo en la carta, no fue mi granito de arena que contribuyó a que Juan Pablo II iniciase este "Campeonato Mundial del Amor" que es el encuentro internacional de jóvenes en las ya famosísimas Jornadas Mundial de la Juventud.

A veces siento el deseo de escribirle al actual Arzobispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz, para enviarle una copia de la carta y preguntarle si alguna tuvo noticias de ella.

Formalmente, el Papa Juan Pablo II me respondió a esa carta, a través una nota formal de la Secretaría de Estado, suscripta por el entonces Monseñor Giovanni Bautista Re, agradeciendo la publicación enviada al Santo Padre e impartiéndome la Bendición Apostólica.
Nota de Santa Sede x Carta a JP II

Antes de recibir esa nota del Vaticano, recibí una esquela de la Nunciatura Apostólica en la Argentina en la que, con fecha 12 de junio de 1982, el Nuncio Apostólico, Monseñor Ubaldo Calabresi, me agradecía y me informaba que el Sumo Pontífice me retribuía el gesto impartiéndome la Bendición Apostólica. La esquela venía acompañada de una estampa del Papa Juan Pablo II. Al poco tiempo hice enmarcar la estampa y la esquela para conservarla con mucho cariño y desde entonces la contemplé con admiración. Luego del fallecimiento de Juan Pablo II, la contemplo y le rezo con devoción cada día de mi vida.

Este es el cuadro que obra en mi lugar de trabajo: